El doctor Guillotin

Guillotin nació en el seno de una familia burguesa y estudió bajo la guía de los jesuitas. Cursó los primeros años de la carrera de medicina en Reims, pero sus calificaciones lo hicieron aspirar a entrar a la facultad de Medicina de París, a donde se inscribió en febrero de 1768.

Comenzó a escribir los textos que lo conducirían a ser el más temido de los revolucionarios: “”El amor de los hombres -decía- es la base del amor a la justicia””.

Entró a formar parte de la masonería fascinado por la prédica de Rousseau y su “refundación total del Estado y la Sociedad”. Al poco tiempo ya es uno de los jefes de masonería gracias a su escepticismo moderado, su lógica imbatible y su laconismo esclarecedor, las mismas virtudes que lo llevaron a ser un reconocido profesional.

Durante la convocatoría de los Estados Generales (1788) alentó al tercer estado (el pueblo llano) para reclamar que este tuviese más representantes. Propuso que por cada clérigo hubiese dos aristócratas y tres miembros del Tercer Estado. “Somos franceses divididos en ordenes pero unidos por un patriotismo igual”, finaliza su célebre petitorio.
A raíz de este reclamo se modificó el orden de la Asamblea y Guillotin fue elegido representante del Tercer Estado. Desde su puesto se abocó a una tarea que lo obsesionaba desde hacía tiempo.

El 10 de octubre de 1789 leyó ante la asamblea una serie de artículos donde propone la eliminación de las torturas y las confiscaciones, además de equiparar las penas para los distintos grupos sociales e imponer la decapitación por un “mecanismo simple”. Decapitar no era hasta entonces un proceso “simple”. El verdugo requería de algunas habilidades y las variables anatómicas conspiraban contra el eficaz cercenamiento de la extremidad cefálica. Por eso, era de buena práctica entregarle al verdugo unas monedas para acortar el trámite mortuorio.

A pesar de las risas de algunos de los asambleístas que no compartían esta igualación del castigo, Guillotin decidió apoyar la tarea de su colega el doctor Louis que abocaba su ingenio al desarrollo de este “simple mecanismo” para permitir una muerte sin sufrimiento. Se inspiraba Louis en otros aparatos que fijaban la cabeza antes de cortarla, como el maiden inglés, halifax escocés y la doloire alemana.

Con la asistencia de Tobías Schmidt, un fabricante de clavicordios y la experiencia de Charles Henri Sanson, el verdugo de París, se abocaron a la noble tarea de fabricar una maquina que matara sin sufrimiento. El primer prototipo nació en las oficinas de Schmidt en la Tour du Comerse, que curiosamente era vecino de Danton, Desmoulins y la imprenta de “L”amie du peuple” donde Marat destilaba su odio revolucionario.

Este simple mecanismo constaba de partes elegantemente denominadas como “le mouton”, “le couperret”, “le chute” y “le montant”, que le confieren ciertos aires a propias de la nouvelle cuisine francaise. El sábado 12 de abril, el hospital de la Bicetre convertido en cárcel revolucionaria, facilitó varios cadáveres. El celebre verdugo de Paris, Sanson, llego a comentar: “¡Hermosa invención! Espero que no se abusen de su facilidad”. Estas palabras resultaron proféticas, especialmente para él que ejecutó con este simple mecanismo a 2.913 personas.

A la muerte del doctor Louis se desato en París la moda Louisette que pronto terminó llamándose Guillotin. Se vendían aros con forma de pequeñas guillotinas, guillotinas para cortar el pan, los embutidos y cualquier otro producto que debiese ser rebanado.

A la muerte de Luis XVI, se creó el Tribunal Revolucionario, donde el acusador público Fouquiere-Tinville cosechaba víctimas para activar el invento del doctor Louis. El diputado Foucault gritaba: “¡El pueblo quiere sangre! ¡Necesitamos sangre!” y el público se regocijaba con la sangre que como ríos caía desde la guillotina.

Desde entonces el doctor trató de salvar a sus amigos de esta máquina que jamás inventó. El 11 de julio de 1793 fue a visitar a su viejo amigo el doctor Marat para interceder por la vida de su amigo Francois Lanthenas. Marat ya había mandado a ejecutar a una veintena de colegas (como vemos siempre existieron estos celos profesionales).
Ante la solicitud de su antiguo camarada, declara que Lanthenas “es un pobre de espíritu que no merece que se ocupen de él” y le perdona la vida. Al despedirse de Guillotin le agradece “el hermoso rol revolucionario que su máquina estaba haciendo”.

2 comentarios to “El doctor Guillotin”

  1. tatiana Says:

    pues me parecio bueno esta imformacion por que es muy importante oara el estudio

  2. esta informacion esta bien pero quisiera saber como murió Louis Guillotin.

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