LA SEPARACIÓN

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Por la presente, renuncio a mi cargo, mi honor y mis obligaciones con la República y también a mi condición de ciudadano. Las condiciones de mi testamento y las últimas voluntades se hallan en poder del señor Elouard. Sólo espero que La Razón, si no Dios, el único capaz de infinita misericordia, pueda perdonar tantos crímenes.
Hasta hoy fui un fiel amigo de la Revolución, un funcionario más, no por lo
crudo de su trabajo mejor ni peor en el servicio. Llegué a formar parte de su maquinaria de ejecución porque el ciudadano Charles-Henri Sansón, verdugo real, que en su juventud cayó en las mismas calamidades, sabía que mi familia padecía acosada por las deudas, a punto de perder la honra, cuando no la vida, asediada por la usura. Aprendí su denostado oficio, el protocolo y los cuidados del preciso aparato de justicia, siempre con la mira puesta en poner a flote mi pobre hacienda lo que en poco tiempo conseguí, no sin esfuerzo cumpliendo mi deber contra los enemigos del pueblo. Ese mismo pueblo que muestra recelo y temor, cuando no desprecio, al percibir nuestra presencia, como si nos precediera una sombra con guadaña al costado, y que murmura “bourreau”, como si no fuéramos distintos al tiro que acarrea unos despojos.
No obstante, pese a mi mocedad, he resistido la rudeza del tormento próximo, el hedor a coágulo y deshechos de mercado, el clamor insultante de la multitud, que muchas noches revive tras ahogarme en sudor frío…, y nunca pensé en abandonar. Hasta que Marie se cruzó en mi sombrío vivir.
Nónidi del mes de Brumario, un frío lunes en el calendario antiguo. Fuimos a la Conserjería a por la última horda de condenados. La guardia conducía a las celdas a los detenidos, que se debatían entre gritos e insultos, pedían más del vomitivo rancho, piedad por estar enfermos, o aullaban alcanzados por un latigazo para que callaran. Entre las caras descompuestas, sucias y malheridas, entretanto sujetaba a uno de los reos, ciertos ojos grises y profundos se clavaron en mí. Era una mirada triste, pero calma y resignada en medio de tanta locura; parecía la de una anciana que no aguarda más que el último viaje, y sin embargo, qué joven, y aún hermosa a pesar de las penalidades de San Lazare y su hedionda mugre; una belleza serena, sus cabellos del color de aquella arena suave, playas de niñez marsellesa. Los jirones de un vestido añil y con encajes conservaban algo de tiempos mejores, y deduje que era sin duda una cortesana. Me sostuvo la mirada, y sacó fuerzas de flaqueza para una sonrisa leve. Abrigué un escalofrío, y un temblor desconocido en el pecho.
Durante aquel agridulce día, sangriento como el que más en el patíbulo, apilamos docenas de cadáveres, sordos al griterío, agotados por el ritmo de matadero que imprime Sanson. Pero no pude dejar de pensar en ella, y su mirada franca y fugaz todavía me templaba el alma. La noche fue una pesadilla inmunda, en que corría por las cloacas enfebrecido, huyendo de un ejército de ratas hasta las afueras en Montrouge, donde buscaba su cuerpo entre muladares y ciénagas oscuras, con la esperanza de encontrarla viva. Desperté emocionado e inquieto: ¡ella aún vive!
Mudé mi vestido, calado hasta los huesos, y salí con el sol a esperar el cambio de guardia en la cárcel. “Marie Galliard”, averigüé por mi querido Pierre, amigo y oficial. “Se la acusa de ser girondina y de haber traicionado a la República, mañana será declarada culpable y ejecutada. Ya no le quedarán amantes con influencias… ¿Pariente tuya? Lo siento. Primero la República, ciudadano”. No se lo reprocho, quiso creer que Marie era una prima lejana, aunque por orden de sus superiores las visitas se cancelaban, intentaría ayudarme.
Busqué por todo París un abogado de altura que al menos la asistiera en la vista. No tuve más remedio que pedirle consejo y dinero a mi mentor. Tan sensible a lo que él llama “pasiones inútiles”, mientras desmontábamos el aparejo para cargar con la cuchilla, me aconsejó que no perdiera la cabeza “por una furcia con los días contados”. Aún así, reveló un nombre y una dirección, y que fuera de su parte.
Resultó ser discípulo del afamado Lagarde, un tal Elouard, voluntarioso y optimista. Convenido el trato me despedí con el ánimo por las nubes, y luego recorrí aquellas calles elegantes de la orilla diestra del Sena, en busca de algo especial. ¿Pero qué regalar a una prisionera? ¿Qué consuelo para alguien a quien amenaza la muerte? En una esquina de la calle Grangier, vi un libro expuesto sobre un atril, con preciosos grabados y unos versos:
“De aquel agua santísima volví
transformado como una planta nueva
con un nuevo follaje renovada,
puro y dispuesto a alzarme a las estrellas”
a los que seguía la palabra PARAÍSO. Me enfurecí con el dependiente por el precio, pues sólo era un mediano libro, pero logré regatear y pagar con lo que me quedaba. Tomé la “Comédie” de Dante, con sus dibujos y cubiertas grabados en oro, con la esperanza de que Pierre permitiera hacerlo llegar a Marie. Cuando llegué a las puertas de Saint Lazare, encontré al abogado Elouard, que se prestó a entregar mi regalo, en el ínterin al traslado de prisioneros ante los jueces del Comité de Salud Pública.
La ilusión de sentencia más leve duró un suspiro, sólo aquel día, puesto que Marie, con una entereza inexplicable, se declaró culpable ante el tribunal y rechazó la defensa. Iba a ser ejecutada al día siguiente, casi con mis propias manos. La desesperación me nubló la mente, concebí un desprecio por mi cobardía que volqué en los condenados de la jornada, a los que traté con inusitada violencia, en el fondo por envidia de no estar yo mismo bajo la cuchilla de la nación y aplacar mi rabia con un golpe seco y definitivo.
Al volver de las fosas comunes de Montmartre, vagué por los pasajes que encontré más sórdidos, en una espiral de tabernas, prostitutas y peleas con otros borrachos, de la que recuerdo carcajadas de dientes podridos, llantos, rechinar de sables, carraspeo y sabor a sangre, bultos ásperos y harapos fétidos, humedad y dolor. Cuando recuperé la consciencia corrí hacia la plaza de la Revolución, en medio de una lluvia a cántaros que me resucitaba por momentos, y asalté el cadalso maldito a patadas y cabezazos, quería derribar el monstruo dormido, sin su filo que pudiera defenderlo. Oí gritos, luego truenos, o disparos.
Desperté cuando entró luz en mi calabozo, con un gélido balde de agua sucia que me hizo recordar las heridas y la tunda de la guardia. Reconocí a Sanson, que me levantó por el pelo, y me cargó, envuelto como un difunto, hasta su casa: “me debes las ejecuciones de hoy, y también tu vida”, sentenció. Los pilares de la guillotina habían sufrido un desajuste por culpa de mis envites y del aguacero, y los sesenta quilos de hoja se descolgaron en exceso tras la primera decapitación, mellaron el hasta entonces exacto filo. Quedé encerrado en la cuadra, tendido como un animal que sólo busca calor y que desconoce el valor del tiempo.
La carreta descubierta tardó de la Conciergerie a la plaza de la Revolución una hora y media. Era el mismo camino de siempre, al que nunca prestaba demasiada atención, un fatídico trayecto fijo a lo largo de la estrecha rue Saint Honoré, atravesando el meollo de París, de tres a cuatro de la tarde, todos los días. El cortejo de guardias sigue la carreta que conduce Henri, que a veces charla con los condenados mientras se abre paso entre la muchedumbre. Agolpados en las escuálidas calles, comentan el aspecto de los reos, los injurian y les arrojan toda clase de objetos. Por vergüenza intenté ocultar el rostro bajo un pico de mi sombrero, y por un momento los estragos y la angustia cedieron ante la visión pasajera de la bella y serena Marie, que abrazaba su libro como si fuera un credo. Uno a uno llegó el turno de los veintitantos de este día, con la consabida rutina y la rapidez de la cuchilla recién afilada. A veces acompaña la ceremonia un sacerdote, un superviviente que haya prestado juramento a la República. Esta vez no fue así, a pesar de que Pierre expresó que mi prima había tomado confesión breve antes de partir.
Seguí cada muerte de forma maquinal, sumido en una neblina, un mal sueño que se repite hasta el hastío, donde yo era un peón miserable, y no merecía ni mirar a esa mujer. Apartamos a otro descabezado cuando Sanson se me acercó: era mi turno, por primera vez yo dirigiría el cadalso. No sabía si era un privilegio o una venganza. Abajo las tricoteuses tejían indolentes sus interminables mortajas, y el público se desgañitaba para insultarme y reclamar más sangre, pero estaba paralizado. Henri apostilló: “es la última voluntad de tu querida amiga”. La trajo del brazo y la despojó del castigado vestido, para mostrar su esplendor en una túnica blanca que descubría los hombros y ceñía los senos. Le puso las manos a la espalda y me la entregó para que las atara. Noté su mirada atenta sobre mi huidizo perfil, que apretaba los dientes y contenía las lágrimas. Me sentía indigno de la calidez de su piel, de haber tocado sus manos delicadas, de compartir el mismo aire, tan cerca. Al quitar la cofia de su peinado volví a ver su torrente de cabellos dorados, que precipitaron una laguna en mis ojos. Con la máxima dulzura corté su melena y la guardé entre las ropas, y entonces la contemplé por última vez, antes de bajarle el cuello desnudo sobre la luneta de madera. Me sonrió, igual que aquel primer instante, y se volvió hacia mi oído y murmuró: “Te espero, amor mío”. Mi corazón se unió al interminable redoble de tambores, el universo inmóvil, ciego, frente a un cesto de cuero.

© Rafa Martín, 2007

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