Archive for the Literatura Category

Ah ça ira!

Posted in Historia, Le peuple, Literatura on febrero 5, 2009 by 1789rev

El ex ministro Foulon había comentado en cierta ocasión, durante una hambruna,
que si la gente tenía hambre podía comer hierba.[…] Había permanecido oculto
para escapar de una muerte segura,incluso había difundido el rumor de que había
muerto. Pero allí estaba descubierto y arrestado. Lafayette sintió lastima de
el, no podrían protegerle, eran demasiados.[…]Arrojaron manojos de hierba a
Foulon y se los metieron en la boca obligandole a que se la comiera, lo colgaron
en el saliente de la Lanterne, cayó, tras golpearle brutalmente le volvieron a
colgar y cuando estaba muerto o casi le cortaron la cabeza y la clavaron en una
pica.Su yerno corrió la misma suerte, las dos siniestras procesiones se
encontraron y la gente grito a la cabeza “besa a papa, besa a papa”. Después le
sacaron el corazón y llendo de camino al ayuntamiento se lo tiraron al alcalde
Bailly, que apunto estubo de darle un ataque…la marcha de las ciudadanas a Versalles

“Una fiesta no es una fiesta si no pones en ella el corazón,Ah ça ira, ça ira, ça ira!”

Fragmento del libro de Hillary Mantel, La sombra de la guillotina.

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El asesinato de Marat – Alphonse de Lamartine

Posted in Historia, Literatura on febrero 3, 2008 by 1789rev

“Descendió del coche en el lado opuesto de la calle, frente a la residencia de Marat. La luz comenzaba a bajar, especialmente en ese barrio oscurecido por altas casas y por estrechas calles. La portera, al principio, se negó a dejar penetrar a la joven desconocida en el tribunal. A pesar de ello ésta insistió y llegó a subir algunos peldaños de la escalera bajo los gritos en vano de la portera. Con este ruido, la ama de llaves de Marat entreabrió la puerta, y se negó a la entrada en el apartamento de la extranjera. El sonoro altercado entre ambas mujeres, en el que una de ellas suplicaba que la dejaran hablar con el “Amigo del pueblo” y la otra se obstinaba en cerrar la puerta, llegó a oídos de Marat. Éste comprendió, por las entrecortadas explicaciones, que la visitante era la extranjera de quien había recibido dos cartas durante la jornada. Con un grito fuerte e imperativo, ordenó que la dejaran pasar.
Por celos o desconfianza, Albertine obedeció con repugnancia y entre gruñidos. Introdujo a la joven muchacha en la pequeña habitación donde se encontraba Marat, y dejó, al retirarse, la puerta del pasillo entreabierta para oír la menor palabra o el menor movimiento del enfermo.
La habitación estaba escasamente iluminada. Marat estaba tomando un baño. En este descanso forzado por su cuerpo, no dejaba descansar su alma. Un tablero mal colocado, colocado sobre la bañera, estaba cubierto con papeles, cartas abiertas y escritos comenzados. Sostenía en su mano derecha la pluma que la llegada de la extranjera había suspendido sobre la página. Esa hoja de papel era una carta a la Convención, para pedirle el juicio y la proscripción de los últimos Borbones tolerados en Francia. Junto a la bañera, un pesado tajo de roble, similar a un leño colocado de pie, tenía un escritorio de plomo del más grueso trabajo; fuente impura de donde habían emanado desde hacía tres años tantos delirios, tantas denuncias, tanta sangre. Marat, cubierto en su bañera por un paño sucio y manchado de tinta, no tenía fuera del agua más que la cabeza, los hombros, la cumbre del busto y el brazo derecho. Nada en las características de este hombre iba a ablandar la mirada de una mujer y a hacer vacilar el golpe. El cabello graso, rodeado por un pañuelo sucio, la frente huidiza, los ojos descarados, la perilla destacada, la boca inmensa y burlona, el pecho piloso, los miembros picados por la viruela, la piel lívida: tal era Marat.
Charlotte evitó detener su mirada sobre él, por miedo a traicionar el horror que le provocaba a su alma este asunto. De pie, bajando los ojos, las manos pendientes ante la bañera, espera a que Marat la interrogue sobre la situación en Normandía. Ella responde brevemente, dando a sus respuestas el sentido y el color susceptibles de halagar las presuntas disposiciones del demagogo. Él le pide a continuación los nombres de los diputados refugiados en Caen. Ella se los dicta. Él los escribe, luego, cuando ha terminado de escribir esos nombres: “¡Está bien! ¡Dicho con el tono de un hombre seguro de su venganza, en menos de ocho días irán todos a la guillotina!”.
Con estas palabras, como si el alma de Charlotte hubiera estado esperando un último delito para convencerse de dar el golpe, toma de su seno un cuchillo y lo hunde hasta el mango con fuerza sobrenatural en el corazón de Marat. Charlotte retira con el mismo movimiento el cuchillo ensangrentado del cuerpo de la víctima, y deja que caiga a sus pies— “¡A mí, mi querida amiga!”—, y expiró bajo el golpe

Alphonse de Lamartine

Frases célebres de Voltaire

Posted in Arte, Historia, Literatura, Revolucionarios on febrero 3, 2008 by 1789rev
“Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”.
“Sólo es inmensamente rico aquel que sabe limitar sus deseos”.
“Azar es una palabra vacía de sentido, nada puede existir sin causa”.
“El amor propio, al igual que el mecanismo de reproducción del genero humano, es necesario, nos causa placer y debemos ocultarlo”.
“Hay alguien tan inteligente que aprende de la experiencia de los demás”.
“Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”.
“Todo les sale bien a las personas de cáracter dulce y alegre”.
“Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”.
“Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”.
“Una de las supersticiones del ser humano es creer que la virginidad es una virtud”.

Muerte en la bañera. El asesinato de Marat

Posted in Historia, Literatura on febrero 3, 2008 by 1789rev

Hace 210 años, una joven revolucionaria asumió el papel de Bruto: asesinar a César para salvar a la República. Armada con un cuchillo, dio muerte al revolucionario francés.

Era carne de guillotina, pero murió en la bañera. A las seis de la tarde del 13 de julio de 1793, Carlota Corday llegaba por segunda vez a la casa del “ciudadano Marat, el amigo del Pueblo”. En la puerta, nuevo enfrentamiento con la portera de la casa y con Simona Evrad, la amante del diputado de la Convención, que trataba, a sus 50 años, de aliviar, sumergido en agua y envuelta la cabeza con paños de vinagre, su penosa enfermedad.

Carlota Corday, joven y sincera animadora de la causa revolucionaria, había llegado a París procedente de Caen, dispuesta, como Bruto, a matar a César para salvar a la República. Al saber que Jean-Paul Marat, el médico, amigo Robespierre, que en el Año II de la nueva era ejercía de “Faro de la Revolución” desde su periódico “L’Ami du Peuple”, no iba a comparecer en público, mandó un mensaje solicitando ser recibida en su casa:

Llego de Caen, su amor por la patria me hace suponer que tendrá a bien conocer los desafortunados acontecimientos de esta parte de la República. Me presentaré en su casa dentro de una hora, tenga la bondad de recibirme y de concederme unos momentos para entrevistarnos. Les mostraré la posibilidad de prestar un gran servicio a Francia.”

Tras comprar un cuchillo, se llegó allí donde la portera no le franqueó la entrada. Por la tarde, y ante otra negativa, se zafó escaleras arriba, siendo interceptada por Simona. Al oír los gritos, Marat ordenó que la dejaran pasar. La joven entra en la habitación en la que el político se está bañando con la excusa de informarle de un plan que se está gestando contra él. Le preguntó nombres de conspiradores en Caen, garabateó una lista y aseguró: “Antes de ocho días serán guillotinados”. Carlota Corday, que veía en aquel moribundo a “la fiera del Terror”, sacó el cuchillo y asestó una puñalada certera que alcanzó el corazón de Marat. El defensor de la República ha muerto.

Así fue recordado Marat por la República:

“Como Jesús, Marat amó ardientemente al pueblo y nada más que a él. Como Jesús, Marat odió a los reyes, los nobles, los sacerdotes, los ricos, a los mediocres, y, como Jesús, no dejó de combatir estas pestes de la sociedad”.

 

LA SEPARACIÓN

Posted in Literatura on febrero 3, 2008 by 1789rev

A quien le pueda interesar:

Por la presente, renuncio a mi cargo, mi honor y mis obligaciones con la República y también a mi condición de ciudadano. Las condiciones de mi testamento y las últimas voluntades se hallan en poder del señor Elouard. Sólo espero que La Razón, si no Dios, el único capaz de infinita misericordia, pueda perdonar tantos crímenes.
Hasta hoy fui un fiel amigo de la Revolución, un funcionario más, no por lo
crudo de su trabajo mejor ni peor en el servicio. Llegué a formar parte de su maquinaria de ejecución porque el ciudadano Charles-Henri Sansón, verdugo real, que en su juventud cayó en las mismas calamidades, sabía que mi familia padecía acosada por las deudas, a punto de perder la honra, cuando no la vida, asediada por la usura. Aprendí su denostado oficio, el protocolo y los cuidados del preciso aparato de justicia, siempre con la mira puesta en poner a flote mi pobre hacienda lo que en poco tiempo conseguí, no sin esfuerzo cumpliendo mi deber contra los enemigos del pueblo. Ese mismo pueblo que muestra recelo y temor, cuando no desprecio, al percibir nuestra presencia, como si nos precediera una sombra con guadaña al costado, y que murmura “bourreau”, como si no fuéramos distintos al tiro que acarrea unos despojos.
No obstante, pese a mi mocedad, he resistido la rudeza del tormento próximo, el hedor a coágulo y deshechos de mercado, el clamor insultante de la multitud, que muchas noches revive tras ahogarme en sudor frío…, y nunca pensé en abandonar. Hasta que Marie se cruzó en mi sombrío vivir.
Nónidi del mes de Brumario, un frío lunes en el calendario antiguo. Fuimos a la Conserjería a por la última horda de condenados. La guardia conducía a las celdas a los detenidos, que se debatían entre gritos e insultos, pedían más del vomitivo rancho, piedad por estar enfermos, o aullaban alcanzados por un latigazo para que callaran. Entre las caras descompuestas, sucias y malheridas, entretanto sujetaba a uno de los reos, ciertos ojos grises y profundos se clavaron en mí. Era una mirada triste, pero calma y resignada en medio de tanta locura; parecía la de una anciana que no aguarda más que el último viaje, y sin embargo, qué joven, y aún hermosa a pesar de las penalidades de San Lazare y su hedionda mugre; una belleza serena, sus cabellos del color de aquella arena suave, playas de niñez marsellesa. Los jirones de un vestido añil y con encajes conservaban algo de tiempos mejores, y deduje que era sin duda una cortesana. Me sostuvo la mirada, y sacó fuerzas de flaqueza para una sonrisa leve. Abrigué un escalofrío, y un temblor desconocido en el pecho.
Durante aquel agridulce día, sangriento como el que más en el patíbulo, apilamos docenas de cadáveres, sordos al griterío, agotados por el ritmo de matadero que imprime Sanson. Pero no pude dejar de pensar en ella, y su mirada franca y fugaz todavía me templaba el alma. La noche fue una pesadilla inmunda, en que corría por las cloacas enfebrecido, huyendo de un ejército de ratas hasta las afueras en Montrouge, donde buscaba su cuerpo entre muladares y ciénagas oscuras, con la esperanza de encontrarla viva. Desperté emocionado e inquieto: ¡ella aún vive!
Mudé mi vestido, calado hasta los huesos, y salí con el sol a esperar el cambio de guardia en la cárcel. “Marie Galliard”, averigüé por mi querido Pierre, amigo y oficial. “Se la acusa de ser girondina y de haber traicionado a la República, mañana será declarada culpable y ejecutada. Ya no le quedarán amantes con influencias… ¿Pariente tuya? Lo siento. Primero la República, ciudadano”. No se lo reprocho, quiso creer que Marie era una prima lejana, aunque por orden de sus superiores las visitas se cancelaban, intentaría ayudarme.
Busqué por todo París un abogado de altura que al menos la asistiera en la vista. No tuve más remedio que pedirle consejo y dinero a mi mentor. Tan sensible a lo que él llama “pasiones inútiles”, mientras desmontábamos el aparejo para cargar con la cuchilla, me aconsejó que no perdiera la cabeza “por una furcia con los días contados”. Aún así, reveló un nombre y una dirección, y que fuera de su parte.
Resultó ser discípulo del afamado Lagarde, un tal Elouard, voluntarioso y optimista. Convenido el trato me despedí con el ánimo por las nubes, y luego recorrí aquellas calles elegantes de la orilla diestra del Sena, en busca de algo especial. ¿Pero qué regalar a una prisionera? ¿Qué consuelo para alguien a quien amenaza la muerte? En una esquina de la calle Grangier, vi un libro expuesto sobre un atril, con preciosos grabados y unos versos:
“De aquel agua santísima volví
transformado como una planta nueva
con un nuevo follaje renovada,
puro y dispuesto a alzarme a las estrellas”
a los que seguía la palabra PARAÍSO. Me enfurecí con el dependiente por el precio, pues sólo era un mediano libro, pero logré regatear y pagar con lo que me quedaba. Tomé la “Comédie” de Dante, con sus dibujos y cubiertas grabados en oro, con la esperanza de que Pierre permitiera hacerlo llegar a Marie. Cuando llegué a las puertas de Saint Lazare, encontré al abogado Elouard, que se prestó a entregar mi regalo, en el ínterin al traslado de prisioneros ante los jueces del Comité de Salud Pública.
La ilusión de sentencia más leve duró un suspiro, sólo aquel día, puesto que Marie, con una entereza inexplicable, se declaró culpable ante el tribunal y rechazó la defensa. Iba a ser ejecutada al día siguiente, casi con mis propias manos. La desesperación me nubló la mente, concebí un desprecio por mi cobardía que volqué en los condenados de la jornada, a los que traté con inusitada violencia, en el fondo por envidia de no estar yo mismo bajo la cuchilla de la nación y aplacar mi rabia con un golpe seco y definitivo.
Al volver de las fosas comunes de Montmartre, vagué por los pasajes que encontré más sórdidos, en una espiral de tabernas, prostitutas y peleas con otros borrachos, de la que recuerdo carcajadas de dientes podridos, llantos, rechinar de sables, carraspeo y sabor a sangre, bultos ásperos y harapos fétidos, humedad y dolor. Cuando recuperé la consciencia corrí hacia la plaza de la Revolución, en medio de una lluvia a cántaros que me resucitaba por momentos, y asalté el cadalso maldito a patadas y cabezazos, quería derribar el monstruo dormido, sin su filo que pudiera defenderlo. Oí gritos, luego truenos, o disparos.
Desperté cuando entró luz en mi calabozo, con un gélido balde de agua sucia que me hizo recordar las heridas y la tunda de la guardia. Reconocí a Sanson, que me levantó por el pelo, y me cargó, envuelto como un difunto, hasta su casa: “me debes las ejecuciones de hoy, y también tu vida”, sentenció. Los pilares de la guillotina habían sufrido un desajuste por culpa de mis envites y del aguacero, y los sesenta quilos de hoja se descolgaron en exceso tras la primera decapitación, mellaron el hasta entonces exacto filo. Quedé encerrado en la cuadra, tendido como un animal que sólo busca calor y que desconoce el valor del tiempo.
La carreta descubierta tardó de la Conciergerie a la plaza de la Revolución una hora y media. Era el mismo camino de siempre, al que nunca prestaba demasiada atención, un fatídico trayecto fijo a lo largo de la estrecha rue Saint Honoré, atravesando el meollo de París, de tres a cuatro de la tarde, todos los días. El cortejo de guardias sigue la carreta que conduce Henri, que a veces charla con los condenados mientras se abre paso entre la muchedumbre. Agolpados en las escuálidas calles, comentan el aspecto de los reos, los injurian y les arrojan toda clase de objetos. Por vergüenza intenté ocultar el rostro bajo un pico de mi sombrero, y por un momento los estragos y la angustia cedieron ante la visión pasajera de la bella y serena Marie, que abrazaba su libro como si fuera un credo. Uno a uno llegó el turno de los veintitantos de este día, con la consabida rutina y la rapidez de la cuchilla recién afilada. A veces acompaña la ceremonia un sacerdote, un superviviente que haya prestado juramento a la República. Esta vez no fue así, a pesar de que Pierre expresó que mi prima había tomado confesión breve antes de partir.
Seguí cada muerte de forma maquinal, sumido en una neblina, un mal sueño que se repite hasta el hastío, donde yo era un peón miserable, y no merecía ni mirar a esa mujer. Apartamos a otro descabezado cuando Sanson se me acercó: era mi turno, por primera vez yo dirigiría el cadalso. No sabía si era un privilegio o una venganza. Abajo las tricoteuses tejían indolentes sus interminables mortajas, y el público se desgañitaba para insultarme y reclamar más sangre, pero estaba paralizado. Henri apostilló: “es la última voluntad de tu querida amiga”. La trajo del brazo y la despojó del castigado vestido, para mostrar su esplendor en una túnica blanca que descubría los hombros y ceñía los senos. Le puso las manos a la espalda y me la entregó para que las atara. Noté su mirada atenta sobre mi huidizo perfil, que apretaba los dientes y contenía las lágrimas. Me sentía indigno de la calidez de su piel, de haber tocado sus manos delicadas, de compartir el mismo aire, tan cerca. Al quitar la cofia de su peinado volví a ver su torrente de cabellos dorados, que precipitaron una laguna en mis ojos. Con la máxima dulzura corté su melena y la guardé entre las ropas, y entonces la contemplé por última vez, antes de bajarle el cuello desnudo sobre la luneta de madera. Me sonrió, igual que aquel primer instante, y se volvió hacia mi oído y murmuró: “Te espero, amor mío”. Mi corazón se unió al interminable redoble de tambores, el universo inmóvil, ciego, frente a un cesto de cuero.

© Rafa Martín, 2007

El Filantrópico Doctor Guillotin

Posted in Arte, Literatura on enero 20, 2008 by 1789rev

Harold J. Morowitz
Trad. A. García Leal. Tusquets, 2005.

El camino de la ciencia acaba cruzándose con todas las rutas de la experiencia humana y en los puntos de intersección se fraguan los vínculos específicos del cien- tífico con el mundo que le rodea. En este libro, el biofísico, ensayista y poeta Harold Morowitz nos cuenta sus impresiones y reflexiones desde distintas encrucijadas de su andadura.

El autor agrupa los 40 microensayos que componen el libro bajo seis encabezamientos: personalidades y lugares, lenguaje, ciencia, ecosistema, crítica y comentario. El primer grupo incluye respuestas personales (sentimentales) a individuos y lugares concretos y se inicia con el texto que da título al libro, que es una reflexión sobre la desfigurada fama del Doctor Guillotin, insigne médico y humanista que compartió aventuras con Lavoisier, Benjamin Franklin o Jean-Sylvain Bailly. Guillotin no creó el ya inventado artilugio al que dio nombre sino que, como miembro de la Asamblea Nacional, propuso una ley por la que, guillotina mediante, se igualaba a nobles y plebeyos ante el trance de ser ejecutados, acabando así con el hacha incierta, para unos, y la vil soga, para otros. El juez Thurgood Marshall, único opuesto a la pena de muerte en el Tribunal Supremo de Estados Unidos, acaba de fallecer y Morowitz, inspirándose en la historia de Guillotin, sugiere que podríamos recordar la postura del juez Marshall acuñando para ella el término “thurgoodear”, pero elude practicar con vigor el verbo que acaba de inventar. El pasado también se contrasta con el presente en la reflexión titulada “Diario de Rapa Nui”: los moais de la isla de Pascua, las catedrales medievales o el supercolisionador que se estaba empezando a construir en Texas, representan costosas aventuras no utilitarias de la especie humana que han de enfrentarse a la reacción de los iconoclastas.

El problema del lenguaje, forma y voz, sirve de nexo al siguiente grupo de ensayos, del que cabe resaltar la descripción del curso que sobre “Temas biológicos en la literatura” ha impartido el autor, cuyo plan oculto es enseñar biología a estudiantes de filología inglesa que de otro modo rechazarían la ciencia y enseñar literatura a estudiantes de biología con tendencia a rehuir las humanidades.

Las secciones sobre “Ciencia” y “El ecosistema” constituyen las más robustas del conjunto, aunque muchos de los temas tratados estén bastante alejados de la especialidad del autor, mientras que las tituladas “Crítica” y “Comentario” agrupan componentes más desiguales de factura. Morowitz escribe con claridad y soltura. Es siempre ameno, incluso cuando roza la banalidad, como por ejemplo en el ensayo “San Nicolás”, y puede alcanzar altas cotas de humor, como en el ensayo titulado “La verdad proctológica”, donde un oscuro texto médico da pie para una parodia sobre lo que puede llegar a ser el desmesurado entusiasmo de un científico por su especialidad.

Elegir cuarenta temas dispares y escribir tres o cuatro páginas sobre cada uno de ellos conduce al más eficaz de los autorretratos posibles. Morowitz realiza así una autorradiografía que dice más sobre su mente inquisitiva y sobre el análisis lógico de su mundo que lo haría un elaborado escrito autobiográfico. Sólo bajo este punto de vista puede considerarse como coherente un conjunto de temas tan diversos.

GARCÍA OLMEDO, Francisco

La Ejecución de Luis XVI

Posted in Arte, Literatura on diciembre 26, 2007 by 1789rev

El Mercure de France (noviembre, 1951), publica un interesante artículo en el que Roger Goulard, basándose en documentos inéditos y particularmente en una carta de Charles-Henri Sanson, verdugo de París y ejecutor de Luis XVI, precisa con dramáticos detalles cómo se desarrollaron los últimos momentos del infortunado monarca.

El rey fue llevado en carroza hasta el lugar en donde se alzaba la guillotina y se negó enérgicamente a dejarse atar las manos a la espalda no cediendo sino ante los ruegos del Abbé Edgeworth, que le asistía en aquel trance. El verdugo le cortó los cabellos, que le caían sobre el cuello, y le llevó hasta la guillotina, haciéndole marchar hacia atrás para que no viera el tremendo aparato.

«El príncibe -escribe Roger Goulard-, forzando la voz, dijo en ese momento: “Pueblo: muero inocente”. Después, volviéndose hacia Sansón y los dos ayudantes, añadió: “Señores, soy inocente de cuanto se me imputa. Deseo que mi sangre pueda cimentar la felicidad de los franceses”.» Tales fueron las «últimas y verdaderas palabras de Luis Capeto», escribió Charles-Henri el 20 de febrero, al director del periódico El Termómetro del día, donde su carta se publicó en la síguiente jornada.

Charles-Henri y su hijo y ayudante tumbaron vivamente al rey boca abajo sobre la báscula, y necesitaron emplear toda su fuerza para sujetarlo, porque se debatía enérgicamente. Aunque sólidamente atado con cuerdas, aún se movía, pese a los consejos del sacerdote, que le recomendaba se calmara.

Unos segundos después, a las diez y veinte exactamente, cayó el cuchillo, «ahogando un gran grito de la desventurada víctima».