La Muerte de Marat – Jacques Louis David (1793)

Posted in Arte on febrero 3, 2008 by 1789rev

La Muerte de Marat - Jacques Louis David (1793)

David hace gala en este lienzo de su devoción por el amigo y de su magnífico arte, recurriendo a los mínimos elementos para realizar una pintura altamente evocadora. Marat era amigo de David, colega de Robespierre y uno de los más furibundos defensores del patriotismo. Se le acusó de demagogo y de intransigente. Sin embargo, su papel en la constitución del gobierno de la república fue determinante, al tiempo que dirigía el periódico “L’Ami du Peuple”. Marat fue asesinado el año dos de la república, es decir, en 1793. El reino del terror ya había comenzado, tras crearse el sanguinario Comité de Seguridad Pública. En este ambiente Marat fue asesinado por una monárquica de la región de Caen. Marat padecía una enfermedad de la piel que le obligaba a pasar largo tiempo sumergido en un baño terapéutico. Allí había instalado su pequeña oficina e incluso recibía a personajes. Charlotte Corday pidió que la recibiera argumentando una terrible desgracia para la república. Una vez ante el político, Charlotte le apuñaló. David pinta a Marat en el momento de la muerte, apenas ha sangrado aún. El brazo con el que estaba escribiendo ha caído pesadamente al suelo y la cabeza se desplaza hacia atrás. Los labios entreabiertos expiran el último suspiro mientras su rostro pasa suavemente del dolor a la paz. En la mano sostiene aún el papel con el que Charlotte se introdujo en su apartamento. Allí se puede leer: “13 de Julio de 1793″. De Marie Anne Charlotte Corday al ciudadano Marat: la terrible desgracia que tengo me da derecho a pedir vuestra amabilidad…” En oposición a este papelito traicionero, en la mesa improvisada en un cajón se puede leer el último despacho que había resuelto Marat: “dispondréis esta asignación para esa madre de cinco hijos cuyo marido murió en defensa de la patria…” La disposición de los elementos es tan sobria como la de un cuadro religioso. Toda la estructura se basa en verticales y horizontales. En el suelo se ve el puñal caído. La mitad superior del cuadro está completamente vacía, transmite un agobiante silencio y frío. Una sombra clara asciende en diagonal evocando la huida de la vida del cuerpo agonizante.

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Muerte en la bañera. El asesinato de Marat

Posted in Historia, Literatura on febrero 3, 2008 by 1789rev

Hace 210 años, una joven revolucionaria asumió el papel de Bruto: asesinar a César para salvar a la República. Armada con un cuchillo, dio muerte al revolucionario francés.

Era carne de guillotina, pero murió en la bañera. A las seis de la tarde del 13 de julio de 1793, Carlota Corday llegaba por segunda vez a la casa del “ciudadano Marat, el amigo del Pueblo”. En la puerta, nuevo enfrentamiento con la portera de la casa y con Simona Evrad, la amante del diputado de la Convención, que trataba, a sus 50 años, de aliviar, sumergido en agua y envuelta la cabeza con paños de vinagre, su penosa enfermedad.

Carlota Corday, joven y sincera animadora de la causa revolucionaria, había llegado a París procedente de Caen, dispuesta, como Bruto, a matar a César para salvar a la República. Al saber que Jean-Paul Marat, el médico, amigo Robespierre, que en el Año II de la nueva era ejercía de “Faro de la Revolución” desde su periódico “L’Ami du Peuple”, no iba a comparecer en público, mandó un mensaje solicitando ser recibida en su casa:

Llego de Caen, su amor por la patria me hace suponer que tendrá a bien conocer los desafortunados acontecimientos de esta parte de la República. Me presentaré en su casa dentro de una hora, tenga la bondad de recibirme y de concederme unos momentos para entrevistarnos. Les mostraré la posibilidad de prestar un gran servicio a Francia.”

Tras comprar un cuchillo, se llegó allí donde la portera no le franqueó la entrada. Por la tarde, y ante otra negativa, se zafó escaleras arriba, siendo interceptada por Simona. Al oír los gritos, Marat ordenó que la dejaran pasar. La joven entra en la habitación en la que el político se está bañando con la excusa de informarle de un plan que se está gestando contra él. Le preguntó nombres de conspiradores en Caen, garabateó una lista y aseguró: “Antes de ocho días serán guillotinados”. Carlota Corday, que veía en aquel moribundo a “la fiera del Terror”, sacó el cuchillo y asestó una puñalada certera que alcanzó el corazón de Marat. El defensor de la República ha muerto.

Así fue recordado Marat por la República:

“Como Jesús, Marat amó ardientemente al pueblo y nada más que a él. Como Jesús, Marat odió a los reyes, los nobles, los sacerdotes, los ricos, a los mediocres, y, como Jesús, no dejó de combatir estas pestes de la sociedad”.

 

LA SEPARACIÓN

Posted in Literatura on febrero 3, 2008 by 1789rev

A quien le pueda interesar:

Por la presente, renuncio a mi cargo, mi honor y mis obligaciones con la República y también a mi condición de ciudadano. Las condiciones de mi testamento y las últimas voluntades se hallan en poder del señor Elouard. Sólo espero que La Razón, si no Dios, el único capaz de infinita misericordia, pueda perdonar tantos crímenes.
Hasta hoy fui un fiel amigo de la Revolución, un funcionario más, no por lo
crudo de su trabajo mejor ni peor en el servicio. Llegué a formar parte de su maquinaria de ejecución porque el ciudadano Charles-Henri Sansón, verdugo real, que en su juventud cayó en las mismas calamidades, sabía que mi familia padecía acosada por las deudas, a punto de perder la honra, cuando no la vida, asediada por la usura. Aprendí su denostado oficio, el protocolo y los cuidados del preciso aparato de justicia, siempre con la mira puesta en poner a flote mi pobre hacienda lo que en poco tiempo conseguí, no sin esfuerzo cumpliendo mi deber contra los enemigos del pueblo. Ese mismo pueblo que muestra recelo y temor, cuando no desprecio, al percibir nuestra presencia, como si nos precediera una sombra con guadaña al costado, y que murmura “bourreau”, como si no fuéramos distintos al tiro que acarrea unos despojos.
No obstante, pese a mi mocedad, he resistido la rudeza del tormento próximo, el hedor a coágulo y deshechos de mercado, el clamor insultante de la multitud, que muchas noches revive tras ahogarme en sudor frío…, y nunca pensé en abandonar. Hasta que Marie se cruzó en mi sombrío vivir.
Nónidi del mes de Brumario, un frío lunes en el calendario antiguo. Fuimos a la Conserjería a por la última horda de condenados. La guardia conducía a las celdas a los detenidos, que se debatían entre gritos e insultos, pedían más del vomitivo rancho, piedad por estar enfermos, o aullaban alcanzados por un latigazo para que callaran. Entre las caras descompuestas, sucias y malheridas, entretanto sujetaba a uno de los reos, ciertos ojos grises y profundos se clavaron en mí. Era una mirada triste, pero calma y resignada en medio de tanta locura; parecía la de una anciana que no aguarda más que el último viaje, y sin embargo, qué joven, y aún hermosa a pesar de las penalidades de San Lazare y su hedionda mugre; una belleza serena, sus cabellos del color de aquella arena suave, playas de niñez marsellesa. Los jirones de un vestido añil y con encajes conservaban algo de tiempos mejores, y deduje que era sin duda una cortesana. Me sostuvo la mirada, y sacó fuerzas de flaqueza para una sonrisa leve. Abrigué un escalofrío, y un temblor desconocido en el pecho.
Durante aquel agridulce día, sangriento como el que más en el patíbulo, apilamos docenas de cadáveres, sordos al griterío, agotados por el ritmo de matadero que imprime Sanson. Pero no pude dejar de pensar en ella, y su mirada franca y fugaz todavía me templaba el alma. La noche fue una pesadilla inmunda, en que corría por las cloacas enfebrecido, huyendo de un ejército de ratas hasta las afueras en Montrouge, donde buscaba su cuerpo entre muladares y ciénagas oscuras, con la esperanza de encontrarla viva. Desperté emocionado e inquieto: ¡ella aún vive!
Mudé mi vestido, calado hasta los huesos, y salí con el sol a esperar el cambio de guardia en la cárcel. “Marie Galliard”, averigüé por mi querido Pierre, amigo y oficial. “Se la acusa de ser girondina y de haber traicionado a la República, mañana será declarada culpable y ejecutada. Ya no le quedarán amantes con influencias… ¿Pariente tuya? Lo siento. Primero la República, ciudadano”. No se lo reprocho, quiso creer que Marie era una prima lejana, aunque por orden de sus superiores las visitas se cancelaban, intentaría ayudarme.
Busqué por todo París un abogado de altura que al menos la asistiera en la vista. No tuve más remedio que pedirle consejo y dinero a mi mentor. Tan sensible a lo que él llama “pasiones inútiles”, mientras desmontábamos el aparejo para cargar con la cuchilla, me aconsejó que no perdiera la cabeza “por una furcia con los días contados”. Aún así, reveló un nombre y una dirección, y que fuera de su parte.
Resultó ser discípulo del afamado Lagarde, un tal Elouard, voluntarioso y optimista. Convenido el trato me despedí con el ánimo por las nubes, y luego recorrí aquellas calles elegantes de la orilla diestra del Sena, en busca de algo especial. ¿Pero qué regalar a una prisionera? ¿Qué consuelo para alguien a quien amenaza la muerte? En una esquina de la calle Grangier, vi un libro expuesto sobre un atril, con preciosos grabados y unos versos:
“De aquel agua santísima volví
transformado como una planta nueva
con un nuevo follaje renovada,
puro y dispuesto a alzarme a las estrellas”
a los que seguía la palabra PARAÍSO. Me enfurecí con el dependiente por el precio, pues sólo era un mediano libro, pero logré regatear y pagar con lo que me quedaba. Tomé la “Comédie” de Dante, con sus dibujos y cubiertas grabados en oro, con la esperanza de que Pierre permitiera hacerlo llegar a Marie. Cuando llegué a las puertas de Saint Lazare, encontré al abogado Elouard, que se prestó a entregar mi regalo, en el ínterin al traslado de prisioneros ante los jueces del Comité de Salud Pública.
La ilusión de sentencia más leve duró un suspiro, sólo aquel día, puesto que Marie, con una entereza inexplicable, se declaró culpable ante el tribunal y rechazó la defensa. Iba a ser ejecutada al día siguiente, casi con mis propias manos. La desesperación me nubló la mente, concebí un desprecio por mi cobardía que volqué en los condenados de la jornada, a los que traté con inusitada violencia, en el fondo por envidia de no estar yo mismo bajo la cuchilla de la nación y aplacar mi rabia con un golpe seco y definitivo.
Al volver de las fosas comunes de Montmartre, vagué por los pasajes que encontré más sórdidos, en una espiral de tabernas, prostitutas y peleas con otros borrachos, de la que recuerdo carcajadas de dientes podridos, llantos, rechinar de sables, carraspeo y sabor a sangre, bultos ásperos y harapos fétidos, humedad y dolor. Cuando recuperé la consciencia corrí hacia la plaza de la Revolución, en medio de una lluvia a cántaros que me resucitaba por momentos, y asalté el cadalso maldito a patadas y cabezazos, quería derribar el monstruo dormido, sin su filo que pudiera defenderlo. Oí gritos, luego truenos, o disparos.
Desperté cuando entró luz en mi calabozo, con un gélido balde de agua sucia que me hizo recordar las heridas y la tunda de la guardia. Reconocí a Sanson, que me levantó por el pelo, y me cargó, envuelto como un difunto, hasta su casa: “me debes las ejecuciones de hoy, y también tu vida”, sentenció. Los pilares de la guillotina habían sufrido un desajuste por culpa de mis envites y del aguacero, y los sesenta quilos de hoja se descolgaron en exceso tras la primera decapitación, mellaron el hasta entonces exacto filo. Quedé encerrado en la cuadra, tendido como un animal que sólo busca calor y que desconoce el valor del tiempo.
La carreta descubierta tardó de la Conciergerie a la plaza de la Revolución una hora y media. Era el mismo camino de siempre, al que nunca prestaba demasiada atención, un fatídico trayecto fijo a lo largo de la estrecha rue Saint Honoré, atravesando el meollo de París, de tres a cuatro de la tarde, todos los días. El cortejo de guardias sigue la carreta que conduce Henri, que a veces charla con los condenados mientras se abre paso entre la muchedumbre. Agolpados en las escuálidas calles, comentan el aspecto de los reos, los injurian y les arrojan toda clase de objetos. Por vergüenza intenté ocultar el rostro bajo un pico de mi sombrero, y por un momento los estragos y la angustia cedieron ante la visión pasajera de la bella y serena Marie, que abrazaba su libro como si fuera un credo. Uno a uno llegó el turno de los veintitantos de este día, con la consabida rutina y la rapidez de la cuchilla recién afilada. A veces acompaña la ceremonia un sacerdote, un superviviente que haya prestado juramento a la República. Esta vez no fue así, a pesar de que Pierre expresó que mi prima había tomado confesión breve antes de partir.
Seguí cada muerte de forma maquinal, sumido en una neblina, un mal sueño que se repite hasta el hastío, donde yo era un peón miserable, y no merecía ni mirar a esa mujer. Apartamos a otro descabezado cuando Sanson se me acercó: era mi turno, por primera vez yo dirigiría el cadalso. No sabía si era un privilegio o una venganza. Abajo las tricoteuses tejían indolentes sus interminables mortajas, y el público se desgañitaba para insultarme y reclamar más sangre, pero estaba paralizado. Henri apostilló: “es la última voluntad de tu querida amiga”. La trajo del brazo y la despojó del castigado vestido, para mostrar su esplendor en una túnica blanca que descubría los hombros y ceñía los senos. Le puso las manos a la espalda y me la entregó para que las atara. Noté su mirada atenta sobre mi huidizo perfil, que apretaba los dientes y contenía las lágrimas. Me sentía indigno de la calidez de su piel, de haber tocado sus manos delicadas, de compartir el mismo aire, tan cerca. Al quitar la cofia de su peinado volví a ver su torrente de cabellos dorados, que precipitaron una laguna en mis ojos. Con la máxima dulzura corté su melena y la guardé entre las ropas, y entonces la contemplé por última vez, antes de bajarle el cuello desnudo sobre la luneta de madera. Me sonrió, igual que aquel primer instante, y se volvió hacia mi oído y murmuró: “Te espero, amor mío”. Mi corazón se unió al interminable redoble de tambores, el universo inmóvil, ciego, frente a un cesto de cuero.

© Rafa Martín, 2007

El Filantrópico Doctor Guillotin

Posted in Arte, Literatura on enero 20, 2008 by 1789rev

Harold J. Morowitz
Trad. A. García Leal. Tusquets, 2005.

El camino de la ciencia acaba cruzándose con todas las rutas de la experiencia humana y en los puntos de intersección se fraguan los vínculos específicos del cien- tífico con el mundo que le rodea. En este libro, el biofísico, ensayista y poeta Harold Morowitz nos cuenta sus impresiones y reflexiones desde distintas encrucijadas de su andadura.

El autor agrupa los 40 microensayos que componen el libro bajo seis encabezamientos: personalidades y lugares, lenguaje, ciencia, ecosistema, crítica y comentario. El primer grupo incluye respuestas personales (sentimentales) a individuos y lugares concretos y se inicia con el texto que da título al libro, que es una reflexión sobre la desfigurada fama del Doctor Guillotin, insigne médico y humanista que compartió aventuras con Lavoisier, Benjamin Franklin o Jean-Sylvain Bailly. Guillotin no creó el ya inventado artilugio al que dio nombre sino que, como miembro de la Asamblea Nacional, propuso una ley por la que, guillotina mediante, se igualaba a nobles y plebeyos ante el trance de ser ejecutados, acabando así con el hacha incierta, para unos, y la vil soga, para otros. El juez Thurgood Marshall, único opuesto a la pena de muerte en el Tribunal Supremo de Estados Unidos, acaba de fallecer y Morowitz, inspirándose en la historia de Guillotin, sugiere que podríamos recordar la postura del juez Marshall acuñando para ella el término “thurgoodear”, pero elude practicar con vigor el verbo que acaba de inventar. El pasado también se contrasta con el presente en la reflexión titulada “Diario de Rapa Nui”: los moais de la isla de Pascua, las catedrales medievales o el supercolisionador que se estaba empezando a construir en Texas, representan costosas aventuras no utilitarias de la especie humana que han de enfrentarse a la reacción de los iconoclastas.

El problema del lenguaje, forma y voz, sirve de nexo al siguiente grupo de ensayos, del que cabe resaltar la descripción del curso que sobre “Temas biológicos en la literatura” ha impartido el autor, cuyo plan oculto es enseñar biología a estudiantes de filología inglesa que de otro modo rechazarían la ciencia y enseñar literatura a estudiantes de biología con tendencia a rehuir las humanidades.

Las secciones sobre “Ciencia” y “El ecosistema” constituyen las más robustas del conjunto, aunque muchos de los temas tratados estén bastante alejados de la especialidad del autor, mientras que las tituladas “Crítica” y “Comentario” agrupan componentes más desiguales de factura. Morowitz escribe con claridad y soltura. Es siempre ameno, incluso cuando roza la banalidad, como por ejemplo en el ensayo “San Nicolás”, y puede alcanzar altas cotas de humor, como en el ensayo titulado “La verdad proctológica”, donde un oscuro texto médico da pie para una parodia sobre lo que puede llegar a ser el desmesurado entusiasmo de un científico por su especialidad.

Elegir cuarenta temas dispares y escribir tres o cuatro páginas sobre cada uno de ellos conduce al más eficaz de los autorretratos posibles. Morowitz realiza así una autorradiografía que dice más sobre su mente inquisitiva y sobre el análisis lógico de su mundo que lo haría un elaborado escrito autobiográfico. Sólo bajo este punto de vista puede considerarse como coherente un conjunto de temas tan diversos.

GARCÍA OLMEDO, Francisco

El doctor Guillotin

Posted in Revolucionarios on enero 20, 2008 by 1789rev

Guillotin nació en el seno de una familia burguesa y estudió bajo la guía de los jesuitas. Cursó los primeros años de la carrera de medicina en Reims, pero sus calificaciones lo hicieron aspirar a entrar a la facultad de Medicina de París, a donde se inscribió en febrero de 1768.

Comenzó a escribir los textos que lo conducirían a ser el más temido de los revolucionarios: “”El amor de los hombres -decía- es la base del amor a la justicia””.

Entró a formar parte de la masonería fascinado por la prédica de Rousseau y su “refundación total del Estado y la Sociedad”. Al poco tiempo ya es uno de los jefes de masonería gracias a su escepticismo moderado, su lógica imbatible y su laconismo esclarecedor, las mismas virtudes que lo llevaron a ser un reconocido profesional.

Durante la convocatoría de los Estados Generales (1788) alentó al tercer estado (el pueblo llano) para reclamar que este tuviese más representantes. Propuso que por cada clérigo hubiese dos aristócratas y tres miembros del Tercer Estado. “Somos franceses divididos en ordenes pero unidos por un patriotismo igual”, finaliza su célebre petitorio.
A raíz de este reclamo se modificó el orden de la Asamblea y Guillotin fue elegido representante del Tercer Estado. Desde su puesto se abocó a una tarea que lo obsesionaba desde hacía tiempo.

El 10 de octubre de 1789 leyó ante la asamblea una serie de artículos donde propone la eliminación de las torturas y las confiscaciones, además de equiparar las penas para los distintos grupos sociales e imponer la decapitación por un “mecanismo simple”. Decapitar no era hasta entonces un proceso “simple”. El verdugo requería de algunas habilidades y las variables anatómicas conspiraban contra el eficaz cercenamiento de la extremidad cefálica. Por eso, era de buena práctica entregarle al verdugo unas monedas para acortar el trámite mortuorio.

A pesar de las risas de algunos de los asambleístas que no compartían esta igualación del castigo, Guillotin decidió apoyar la tarea de su colega el doctor Louis que abocaba su ingenio al desarrollo de este “simple mecanismo” para permitir una muerte sin sufrimiento. Se inspiraba Louis en otros aparatos que fijaban la cabeza antes de cortarla, como el maiden inglés, halifax escocés y la doloire alemana.

Con la asistencia de Tobías Schmidt, un fabricante de clavicordios y la experiencia de Charles Henri Sanson, el verdugo de París, se abocaron a la noble tarea de fabricar una maquina que matara sin sufrimiento. El primer prototipo nació en las oficinas de Schmidt en la Tour du Comerse, que curiosamente era vecino de Danton, Desmoulins y la imprenta de “L”amie du peuple” donde Marat destilaba su odio revolucionario.

Este simple mecanismo constaba de partes elegantemente denominadas como “le mouton”, “le couperret”, “le chute” y “le montant”, que le confieren ciertos aires a propias de la nouvelle cuisine francaise. El sábado 12 de abril, el hospital de la Bicetre convertido en cárcel revolucionaria, facilitó varios cadáveres. El celebre verdugo de Paris, Sanson, llego a comentar: “¡Hermosa invención! Espero que no se abusen de su facilidad”. Estas palabras resultaron proféticas, especialmente para él que ejecutó con este simple mecanismo a 2.913 personas.

A la muerte del doctor Louis se desato en París la moda Louisette que pronto terminó llamándose Guillotin. Se vendían aros con forma de pequeñas guillotinas, guillotinas para cortar el pan, los embutidos y cualquier otro producto que debiese ser rebanado.

A la muerte de Luis XVI, se creó el Tribunal Revolucionario, donde el acusador público Fouquiere-Tinville cosechaba víctimas para activar el invento del doctor Louis. El diputado Foucault gritaba: “¡El pueblo quiere sangre! ¡Necesitamos sangre!” y el público se regocijaba con la sangre que como ríos caía desde la guillotina.

Desde entonces el doctor trató de salvar a sus amigos de esta máquina que jamás inventó. El 11 de julio de 1793 fue a visitar a su viejo amigo el doctor Marat para interceder por la vida de su amigo Francois Lanthenas. Marat ya había mandado a ejecutar a una veintena de colegas (como vemos siempre existieron estos celos profesionales).
Ante la solicitud de su antiguo camarada, declara que Lanthenas “es un pobre de espíritu que no merece que se ocupen de él” y le perdona la vida. Al despedirse de Guillotin le agradece “el hermoso rol revolucionario que su máquina estaba haciendo”.

“María Antonieta”,la pelicula

Posted in Arte, Cine on enero 16, 2008 by 1789rev

mariaantonieta.jpgPelicula estrenada el 20 de Octubre de 2006 que narra la historia de “Marie Antoinette”,dirigida por Sofía Coppola .

Prometida al rey Luis XVI (Jason Schwartzman), la ingenua María Antonieta (Kirsten Dunst) es arrojada a la edad de 14 años a la opulenta corte francesa, plagada de conspiraciones y escándalos. Sola, sin guía y desorientada en un mundo peligroso, la joven María Antonieta se rebela contra la aislada atmósfera de Versalles y, en el proceso, se convierte en la reina más incomprendida de Francia.

La joven princesa, cuya fatídica vida se convierte en mito y leyenda. La historia comienza cuando una María Antonieta de 14 años es alejada de su familia y de sus amigos en Viena, despojada de todas sus posesiones y abandonada en el mundo sofisticado y decadente de Versalles, la magnífica corte real cerca de París.

María Antonieta es un simple peón en un matrimonio concertado para solidificar la armonía entre dos naciones. Su esposo adolescente, Luis (Jason Schwartzman), el Delfín, es el heredero al trono de Francia. Pero María Antonieta no está preparada para ser el tipo de regente que espera el pueblo francés. Bajo todo su lujo, ella es una joven protegida, asustada y confundida, rodeada de pérfidos detractores, falsos aduladores, titiriteros y chismosos. Atrapada por las convenciones de su condición en la vida, María Antonieta debe encontrar la forma de encajar en el mundo complejo y traicionero de Versalles.

Voltaire: Una de las figuras más destacadas de la Ilustración Francesa

Posted in Arte on enero 7, 2008 by 1789rev

voltaire1.jpgFrançois Marie Arouet, más conocido como Voltaire (París, 21 de noviembre de 1694 – París, 30 de mayo de 1778) fue un escritor y filósofo francés que figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana, de la ciencia y el respeto hacia la humanidad. Pertenece al movimiento del Siglo de las Luces. En 1746 Voltaire fue elegido miembro de la Academia francesa.